Me enamoré de un viajero

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Era un día de verano, la playa estaba llena y la gente era feliz. La brisa caracterizaba aquella bella ciudad. Y yo era feliz. Caminaba, hablaba, reía, me divertía. Era feliz. Pero conocí un hombre bohemio, de acento francés, ojos verdes y una excelente sonrisa, y de un momento a otro, sin proponérmelo, ni concebirlo, me enamoré. Me entregué a un amor sin instrucciones, ni fecha de caducidad, sin advertencias. Algo sin planes, ni prisas, con puntos, comas, versos y besos. No parecía extraño a ninguno, ir de la mano, atravesando la ciudad, riendo y hablando; amándonos en museos e iglesias, sin cohibiciones, ni permisos. Bailando, cantando, disfrutando de la música, de un jazz, de un tango… Sus historias eran excelentes, me gustaba oírlo hablar sobre la guerra en Irak, de las comidas excelentes en Bolivia, de la arrogancia de los argentinos, de la miseria en Venezuela, de los amores tristes en Chile. Su conocimiento en historia era excelente, y oírlo hablar en diferentes idiomas me producía placer. Su amabilidad, su fluidez, su coquetería, la forma en que levantaba constantemente su ceja mientras se quedaba dormido, sus besos en la mejilla, en la espalda, en la cintura, en el cuello, en la boca. Aquel hombre producía que mi corazón se moviese con frenesí. Pero al momento de hacer el amor, todo se mantenía en calma. Las ropas eran quitadas sin prisa, los besos eran lentos, pero siempre en busca de más, y las palabras susurradas al oído nunca faltaban. Y separados por 937 días de verano, nuestros alientos cálidos y desgastados se confundían entre sí. Mi canción se convirtió en nuestra canción, y su lugar en nuestro lugar. Vivíamos un amor intempestivo, anacrónico, puro y sin sentido.

Mi amor se fue una tarde, cuando el sol se ocultaba, y la noche amenazaba. Mi pecho se tornó peristáltico, y mis ojos mohínos. La brisa no volvió a ser la misma, y un museo ya nunca fue visto igual. Mi amor se fue a continuar su viaje. Su vida prometía, arrasaba, encantaba, dejaba rastro. Dejó rastro. Un último beso, y una última caricia, consumaron la tarde de un lunes. Las gentes seguían riendo, felices, ignorando algo roto dentro mío. Volví a casa sola y vacía, pero ni una sola lágrima se deslizó por mis mejillas. Algo estaba comprimido, estrujándose y manteniéndome sin poder cerrar los párpados.

Han pasado 91 días desde que regresó a su travesía. Mi amor quizá ya tenga otro amor, mi amor ríe con otras gentes, mi amor baila con otras gentes, mi amor escucha música con otras gentes, mi amor hace el amor con otras gentes, pero no conmigo.

Quizá esté en algún lugar de su mente, y me evoque con brevedad. Quizá tenga una sonrisa en su rostro por mi recuerdo y si pudiese saberlo, me bastaría.

Mientras, escribo sobre esta historia fugaz, intensa, interina, pero nuestra. La historia de alguien, que, sin quererlo, se enamoró de un viajero.

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