LOS VIEJOS TIEMPOS NUNCA FUERON EN BLANCO Y NEGRO

Una sonata de piano añeja, años 40.

Luces que se encienden ante nosotros, qué alegría.

El tiempo marchitando los colores y decían: ¡Qué buen traje! Nunca sus ojos habían brillado tanto.

Romances y funerales, mi traje continúa siendo igual.

En nuestra boda, amor, vamos tradicionales, blanco y negro, pero como en sueños, que mi vestido brille.

Un solitario atardecer, una mañana acalorada, qué mohíno.

Jazmines, orquídeas, rosas, mi amor las prefiere sin color.

Y el tiempo retumbaba detrás de ellos, pero nunca llegaría.

¿Cómo querer conocer una utopía? Qué locura, eres todo lo que conozco.

Pero, cariño, no irrumpas tan fuerte, no sea que tanto cambio, tanta variación, me obliguen a preferir el roce azul, una flor polícroma.

Y de tanta belleza, marchitar la existencia lívida y frágil que siempre ha existido, pero ya no más.

Deslízate suave, me puedo quebrar.

En mi alma, ya hay una grieta.

No evites el desastre inminente.

Azul, amor, el color de tus ojos puedo sentir.

Tu aura se diluyó como el sol en el mar.

Aquella clepsidra se ha roto, el cielo está al revés.

¿Dónde estuviste?

Es hora de la ceremonia, y como siempre quisiste, tu vestido resplandece.

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